Escribir columnas de opinión

Por: Milton Zambrano Pérez

Alguna vez le preguntaron a un señor que por qué escribía y él, sin espabilar, respondió: “Para que mis amigos me quieran más”. Gigante verdad a medias la respuesta de este premio Nobel. Porque escribir es también una manera de quererse a sí mismo, un modo sofisticado de ser egoísta en el sentido que planteara Federico Nietzsche.

En ese acto difícil y a veces angustiante se cuela entero el escritor, con toda su carga de racionalidad e irracionalidad, de locura y de cordura. Con pasión y necesidad de reconocimiento, es decir, deseoso de que los demás sepan lo que piensa, con el interés visible o clandestino de que los lectores valoren lo que hace como algo distinto y de importancia.

Si no es por eso, entonces, ¿para qué escribir? ¿Por el simple amor al arte? Los buenos escritores no se caracterizan propiamente por ser santurrones y amorosos, pues comunican y tratan de convencer derribando lo que se oponga a sus argumentos. Sobre todo cuando se enfrascan en las columnas de opinión.

¿Escriben columnas para comer? Sí, también se dan esos casos. Pero tampoco ese ítem agota el problema, porque a menos que se trate de una pluma con un elevado prestigio lo que ganan por escribir no alcanza  para mucho.

La parte más gruesa de los columnistas recibe poquito o no obtiene nada de dinero; escribe por el sentido de la colaboración o para mostrarse, muchas veces alcanzando solo el cariño y el respeto de los amigos y conocidos. Y en ocasiones la censura más fuerte, que es una forma brusca de reconocimiento.

El pelotón escribe para mejorar la autoestima, mediante la puesta en escena de sus habilidades. O sea, la base de su impulso está en ese egoísmo bonachón que lo lleva a publicar por decir algo de interés esperando que le llenen la mochila de elogios, aunque el dinero falte, sea escaso o no aparezca.

¿De qué otro modo explicar el sacrificio de un columnista sin acudir a la sinceridad displicente y descarnada de la argumentación de Nietzsche? Si lo tratado no se agota en el sueldo, en el amor al arte (en cualquier otro tipo de amor) o en el simple cariño de los amigos, ¿hacia dónde va el enfoque? Hacia las otras facetas del egoísmo humano que empujan a la tortura de  pensar en temas o problemas que nutran las opiniones.

A veces producir una columna se convierte en un acto masoquista donde el penar dirige la orquesta. De acuerdo con eso, quizás no haya en este planeta nadie que resalte únicamente lo placentero de la escritura. Hasta los que poseen una larga experiencia destacan lo difícil que resulta a veces encontrar un asunto e hilvanar ideas en torno a este con claridad y precisión.

Escribir columnas genera placer, pero también sufrimiento. Es más la agonía implícita en todo el proceso creativo que el resultado benigno recogido por el autor. Porque no es solo anotar las ideas a mano o con los instrumentos contemporáneos (lo cual implica un desgaste necesario), sino construir un discurso con cierto nivel de decoro, de limpieza en la redacción, con argumentos que se ayuden entre sí evitando las nimiedades y las incoherencias.

Y esto último se dice muy fácil pero para lograrlo es necesario trabajar fuerte, sudar la gota gorda, hasta el nivel del agotamiento si las circunstancias lo exigen. No existe en este mundo un solo dichoso (o dichosa) que escriba por puro placer, aunque eso también aparezca en el oficio de quien hilvana un texto por necesidad económica, por el amor de los amigos o por lo que sea.

Si lo placentero y fácil dominara el escenario lo más seguro es que habría superproducción de columnistas. Pero nunca ocurre eso: ellos escasean y constituyen una élite procesada a martillazo limpio. Los buenos son diamantes pulidos a punta de hacha.

La verdad completa es que se sufre para escribir columnas. Se goza con los resultados o por la manera como fluye desde adentro lo que se quiere expresar. Y nadie es infeliz por el hecho de que resalten sus méritos al someterse al examen público. Al colaborar en la orientación de la gente, el columnista entrega su aporte para recibir a cambio la aceptación o el aplauso del respetable.

Al suponer que las cosas no suceden así, entonces, ¿de dónde provienen los estímulos definitivos del columnista? Mirando el panorama desde lo que ya se expuso es pertinente concluir que el escritor de columnas obsequia sus vísceras para que se las acaricien. Orienta, aclara, informa, analiza, denuncia o critica buscando tácita o abiertamente ser reconocido… que los demás sepan que existe.

Si no fuera por el gusto de desovar río arriba (como el agobiado salmón) aunque sufra en la ruta muchas calamidades, quien escribe jamás se entregaría a su oficio. La añoranza de la recompensa que le otorga la gente es la carnada que lo impulsa a subir la montaña.

Las supuestas excepciones a esta regla solo sirven para confirmarla. La cuestión tiene que operar de este modo porque no hay nadie a quien le desagrade que lo lean. Si escribe y publica espera el apoyo de los lectores. Es así de sencillo.

El placer, el dolor, el interés…la voluntad de poder que nutre lo básico de su individualidad son, juntos, el motor que estimula a quien crea columnas. En otros términos, el egoísmo que se expresa en toda su labor es el nudo gordiano que permite explicar la ambición operante en quienes redactan para los medios.

Aquí el altruismo, el deseo de servir a los demás ayudando a “formar opinión” o la idea de hacerse querer de los amigos son solo las cortinas. La estructura de la casa hay que buscarla en otro lado. Aunque saque canas el esfuerzo. 

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